La Tragedia de lo Común

Jalar con la mayoría

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La mayoría ofrece comodidad. No hay posición más grata que ser llevado por la inercia de las masas, mientras somos acarreados por el flujo de los que son más. Y esta idea que expongo se resume a este contenido que me topé a raíz de lo que está ocurriendo en la península de las Coreas:

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Volvamos a la idea de las mayorías. Ser antiyanki es muy fácil, te ubica en el cobijo mayoritario y, en ciertas cosas, los gringos sí son unos ojetes. Repasemos rápidamente: como imperio que son (y cómo lo han sido todos) han sido culpables de una cantidad innumerable de muertes (en Vietnam mataron a 3 millones, en Irak 115,376 civiles entre 2003 y 2011), tienen un historial de derrocar gobiernos democráticos en base a sus intereses (pero en la actualidad esa práctica es imposible de implementar; la Primavera Árabe es un ejemplo inmediato), su reciente y nefasto intento de exportar la democracia esponsoreada por sus fuerzas armadas etcétera.

Sin embargo ese hecho no justifica en lo absoluto defender a Corea del Norte, independientemente de las cadenas de la ideología. El régimen norcoreano es el más brutal del planeta y esa realidad no puede ser ajustada a una conveniencia ideológica mezquina y reprobable. De acuerdo a Human Rights Watch, la organización civil internacional a la que todos recurrimos con absoluto fundamento en el tema de la guerra contra el crimen organizado y los derechos humanos en nuestro país, el régimen ahora encabezado por Kim Jong Un tiene entre 150 mil y 200 mil personas en 5 campos de concentración.  En estos lugares la tortura y el asesinato son realizados diariamente sin ningún proceso judicial de por medio:

Los testimonios de los refugiados norcoreanos que Human Rights Watch reunió  en el 2012 indica que las personas detenidas por cargos penales o políticos suelen enfrentarse a la tortura por parte de funcionarios con el objetivo de obtener confesiones, extraer sobornos e información y obtener obediencia. Las formas comunes de tortura incluyen la privación del sueño, palizas con barras de hierro o palos, patadas y bofetadas.

Los detenidos están sujetos a la denominada “tortura paloma”, en la que se ven obligados a cruzar sus brazos detrás de su espalda son esposados, colgados en el aire atado a un palo, y golpeados con un garrote. La violación de mujeres detractoras es una práctica común (HRW, World Report 2013).

Un infierno en la tierra: el campo Hwasong en la frontera con China

Un infierno en la tierra: el campo Hwasong en la frontera con China

Otra práctica que hoy en día parece surreal,  pero que fue muy común en los regímenes totalitarios comunistas como el de Stalin o el de los Jemeres Rojos en Camboya, es el aprisionamiento transgeneracional y colectivo:

El gobierno practica un sistema de  castigo colectivo, enviando a campos de trabajos forzados no sólo a infractores, sino también a sus padres, cónyuge, hijos e incluso nietos.

Estos campos se caracterizan por condiciones de vida terribles y abuso sistemático, incluidos grave escasez de alimentos, poca o ninguna atención médica, la falta de una vivienda digna y ropa, maltrato continuo y tortura por parte de los guardias y ejecuciones (HRW, misma fuente).

Y si por si estás lo suficientemente desquiciado(a) y delirante para ignorar lo dicho por Human Rights Watch está el caso de Shin Dong-hyuk el primer norcoreano que nació dentro de un campo de concentración y que logró escapar. En el libro Escape From Camp 14 el periodista norteamericano Blaine Harden ayuda a Shin a contar su historia, que es sólo una más de los peores crímenes contra la humanidad que se están cometiendo en este momento.

Shin nació dentro del campo y pasó sus primeros 22 años de vida ahí. Por tirar una máquina de coser le amputaron un dedo. Fue colgado del estómago por un gancho sobre una fogata ardiendo para que confesase el plan de su madre y de su hermano para escapar, lo forzaron a estar presente en la ejecución de sus familiares.

Para acabar y para cerrar con un argumento más lacerante fruto de mi indignación por el contenido que inspiró este artículo: los gringos serán ojetes y aprisionan a muchos de sus habitantes, sin embargo la brutalidad que Corea del Norte muestra hacia su población no tiene punto de comparación.

¿Jalar con la mayoría? Es mejor que se quiten de encima las pendejadas del colectivo y defender los derechos humanos, los viole la izquierda o la derecha; porque al final del día somos muy ojetes y no hay ideología que nos quite eso.

La detención de Elba

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elba-esther-gordillo-enrique-pena-nietoCae Elba y por una inercia inevitable pensamos en Joaquín Hernández Galicia La Quina, el líder petrolero encarcelado por acopio ilegal de armas y homicidio en 1989. Este razonamiento resulta lógico ya que fue un acontecimiento clave para el periodo de Carlos Salinas y se dio dentro de una de las presidencias con mayor peso en la memoria colectiva de nuestro país.

Sin embargo ese hecho fue hace tiempo, 24 años para ser exacto. En ese casi cuarto de siglo México ha cambiado profundamente: el Ejecutivo ya no es todopoderoso, existe actualmente un escrutinio civil y mediático sin precedentes en nuestra historia, el Poder Judicial –aún con enormes carencias y pendientes- ya cuenta con nichos de independencia, la oposición política al gobierno está consolidada etcétera.

Por ello comparar esta situación con la de Hernández Galicia podrá resultarnos más sencillo pero valdría la pena no buscar un ejemplo comparativo más reciente. Propongo una que ocurrió hace sólo dos años: la detención Jorge Hank Rhon. El 4 de junio de 2011 la SEDENA y la PGR detuvieron al alguna vez alcalde de Tijuana por posesión de 88 armas (40 de alto calibre) y más de nueve mil cartuchos. Sin embargo terminó siendo liberado por falta de elementos (link), lo ocurrido se olvidó rápidamente como un desliz institucional más de la administración de Felipe Calderón.

Pero esto ejemplo demuestra una verdad innegable: el Poder Ejecutivo ya no cuenta con las atribuciones ni con el control que le permitían utilizar al judicial a su conveniencia y aunque pueda detener ello no implica que la detención termine en condena. Y ese es sólo un ejemplo más en los que podrían entrar los casos del michoacanazo y el de Florence Cassez.

El punto es que ese Presidente que puede encarcelar a quién quiera sin que ningún contrapeso lo enfrente sólo existe en nuestras cabezas. En realidad lo que vemos ahora es un Ejecutivo mucho más acotado producto de un país más democrático, abierto y crítico. Eso no quiere decir que no haga falta un camino largo por recorrer, sin duda alguna falta mucho para que México tenga una democracia consolidada en plenitud.

El Poder Ejecutivo está poniendo mucho en juego con la detención de Elba Esther Gordillo y debe presentar un expediente sólido y sustentado que será sujeto de un profundo escrutinio. Un evento de esta magnitud puede fortalecer enormemente al gobierno o debilitarlo hasta dejarlo irreconocible. Buena parte de la agenda reformista tan ambiciosa que está por venir (telecomunicaciones, energía, fiscal, la ley secundaria aún pendiente en materia educativa, la lucha contra la corrupción) depende de que la detención de la Maestra sea exitosa en lo jurídico.

Interpretar lo ocurrido como un Quinazo no es dimensionar el impacto que podría tener: es un posible viraje de 180 grados a lo vivido en los últimos doce años en México. Por vez primera estamos viendo señales de un Estado que está reclamando su papel rector sobre los sectores estratégicos para el desarrollo de nuestro país. A nosotros nos toca ahora monitorearlo bien. Y sacar nuestros pensamientos del pasado.

La paranoia de la privatización

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La paranoia de la privatización de Pemex ha vuelto. Para febrero de este año Andrés Manuel López Obrador comenzará su reposicionamiento mediático argumentando, a todas direcciones, que se conspira para entregar el petróleo a “extranjeros” (uno de los enemigos más recalcitrantes, omnipresentes y ambiguos del discurso nacional revolucionario de antaño, el cuál irónicamente es el estandarte del ex candidato de las izquierdas a la Presidencia de la República).

Y para una persona que le ha dado seguimiento al tema desde 2007, como su servidor, una pregunta demasiado obvia se ha plantado en mis pensamientos: ¿existe realmente una oferta para que algún comprador privado adquiera –y por ende privatice- a Petróleos Mexicanos?

Los datos duros no dan sustento a la paranoia. Desde 2008 la deuda de la paraestatal petrolera ascendía a 96% de su valor total como empresa (link); y esta situación sólo ha empeorado: de 2007 a 2012 la deuda a largo plazo creció 833.87% al pasar de 68 mil 706 millones de pesos a  641 mil 624 millones en ese periodo (link). De acuerdo a una presentación interna de Pemex (ir al documento) para 2011 las obligaciones –o deudas- excedían el valor de los bienes: 123 mil 528 millones de dólares contra 109 mil 779 millones.

Además cuenta con el mayor número empleados entre las empresas petroleras más grandes del mundo, con un total de 141 mil. Sin embargo es de las de menor productividad: genera sólo 33 mil barriles diarios por cada trabajador (la Exxon Mobil produce 53 mil barriles diarios por trabajador y emplea a un total de 107 mil).

Encontrar a “malvados compradores extranjeros” resultaría difícil tirando a imposible, por no tachar la idea de delirante e irracional. A esta innegable y cuantificable realidad podemos agregar más problemas a nuestra tan codiciada empresa: un sindicato corrupto y opaco, un sistema de seguridad social sui generis, un sistema de subsidios que atenta contra el principio de la ganancia, etcétera.

Pero hace falta un impedimento más para poner a la venta a Pemex: no hay duda que entre la clase política no existe un consenso más sólido que el de mantener a la empresa como un monopolio estatal. De las principales fuentes de ingresos al erario por organismos y empresas de participación estatal el petróleo contribuye con el 43.4% (link).

De acuerdo con el Banco de México, entre enero de 2007 y mayo de 2011 Petróleos Mexicanos pagó como impuestos, derechos y aprovechamientos 2 billones 379 mil 507 millones de pesos; 98% de sus utilidades. Ninguna reforma, desde la alternancia del 2000, ha siquiera planteado la privatización; otra prueba más del nivel de consenso que existe entre la clase política para mantener a Pemex como una paraestatal. Ninguna empresa petrolera como BP, Shell, Exxon Mobil, Saudi Aramco, Royal Dutch Shell, Repsol ha mostrado siquiera interés por adquirir nuestra paraestatal.

Lo que sí se ha discutido es la posible participación privada en ciertas actividades del sector petrolero como la refinación. Aquí vale la pena mencionar algo: ya compramos la mitad de la gasolina consumida en el país a empresas privadas extranjeras (la mayoría refinerías en Estados Unidos). Todo esto se haría bajo la rectoría estatal como ya ocurre en Noruega y en Brasil.

La paranoia de la privatización de Pemex no tiene un fundamento palpable y sin embargo es una amenaza muy real para varios mexicanos. Eso denota un problema más profundo: el de nuestro nacionalismo más nocivo y recalcitrante y nuestra grave confusión histórica. La paranoia privatizadora se sustenta en la idea del intocable legado cardenista.

Personalmente no se me ocurre una peor manera de defender la herencia de Lázaro Cárdenas. Su mandato se distinguió por un reformismo vigoroso con visión a futuro, haciendo frente a los cacicazgos y grupos de poder emanados de la Revolución que se oponían al cambio. Si queremos honrar con honestidad al mítico General la mejor manera de hacerlo es modernizar a México, no atarlo al status quo con las cadenas del dogmatismo y de las conveniencias mezquinas.

La privatización de Pemex es una enorme mentira. Valdría la pena que no empañe la reforma que pronto se estará discutiendo.

 



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